
Primero un trayecto interminable desde D.F. hasta San Cristóbal de las Casas (el primero de los días transcurridos a bordo de un autobús), noche musical en la ciudad de las casas multicolores, y vuelta a subir al “cómodo” transporte para arribar a La Garrucha, sede del Caracol Resistencia Hacia un Nuevo Amanecer. Los compas nos reciben con más o menos prontitud (según su tiempo o el nuestro), y aprovechamos para conversar con las distintas nacionalidades que componen el variopinto grupo, con el castilla como idioma de referencia, en sus diversas modalidades mexicanas, malagueñas, italianizadas…
Nos conceden el permiso para entrar en territorio insurgente y a la mañana siguiente, con el sueño corto, iniciamos viaje hacia nuestro destino final, la comunidad de Culebra en el Municipio Autónomo en Rebeldía Ricardo Flores Magón. El sol (en pleno eclipse parcial, un espectáculo inesperado) ya estaba queriéndose ir a dormir cuando llegamos, pero nos concedió el tiempo suficiente para contemplar los frutos de la solidaridad griega y CGTera: la escuela, la biblioteca, los barracones donde dormiríamos y la futura Casa Comunitaria de Todas las Comunidades, en la que luce espléndido, como una ventana de esperanza que se abre a la lucha, el mural de Taniperla. Todavía inacabado, algunos nos subimos a los andamios para compartir con los compas la culminación de este proyecto que, después de siete años, volvía a crecer en territorio tzeltal.
Después, nada mejor que un baile para desentumecer el cuerpo quebrado por la poca consideración de los asientos de nuestro queridísimo autobús, eso sí, despegadito, según las costumbres locales. Como siempre, los niños son los que rompen el hielo de la timidez, encantados con estos güeritos de aspecto tan extravagante. La banda toca los éxitos del momento, desconocidos para nosotros pero que, al cabo de tres días, serán el grito de guerra colectivo (“La Cacerola”, “Cómo quieres que te quiera”).
Un sol de justicia nos da la bienvenida por la mañana; los barracones se van llenando de gente, que viene a festejar la inauguración del mural. El Municipio piensa en todo, y podemos desayunar un guiso de res y verduras que nos prepara para la gran prueba del día, un partido de baloncesto contra el equipo de chicas italianas el cual, contra todo pronóstico y jugando al puritito mediodía, ganamos. Los chicos no tienen tanta suerte, los compas son unos expertos encestadores, pero la derrota se diluye en el agua fresca del río, que buena falta nos hacía un bañito.
En la tarde nos recibe el Concejo Municipal, al que ya la falta poco para dar el relevo, pues esa misma noche otros compas seguirán adelante con el trabajo desarrollado durante los últimos años. ¿Se nota cierta tristeza? Hasta la noche, algunos preparan las bonitas pancartas traídas de Grecia, en las que se pueden ver los otros murales pintados a lo largo y ancho del mundo, mensajeros del apoyo y la solidaridad internacional. Las gentes (mujeres hermosas con trajes floridos, niños revoltosos, hombres solemnes) se van congregando en la cancha de baloncesto, van a empezar los actos.
Se abre la veda de las fotos, prohibidas hasta entonces por motivos de seguridad, los compas se encapuchan o se cubren la cara con el paliacate rojo, y asistimos a una misa zapatista, ritual de inauguración del mural de Taniperla. Se suceden discursos, con esa emotiva prosa lírica que te llena los sentidos, de sabor tan latinoamericano. Después, como no, baile.
A la mañana siguiente, la que suscribe amanece con fiebre y un intenso dolor en los riñones. Aunque el mal de Moctezuma nos había dispensado a casi todos (Juanito, cuidado con el chile), Patricia y yo tuvimos la mala suerte de coger (perdón, contraer) una infección renal (en mi caso, tengo la sospecha de que el partido de baloncesto tuvo algo que ver, no soy muy amiga de los deportes). Me pierdo la gran final de los equipos de chicas, pero quedamos en segundo lugar, ganando 200 pesos que devolvemos al Municipio, que ya nos han cuidado con suficiente mimo. A la tarde reúno fuerzas y me animo durante un rato a ayudar a pintar los carteles de bienvenida a la escuela (en griego, tzeltal y castilla); mis males no me permiten disfrutar del baile nocturno.
El día siguiente es el de la despedida y reencuentro con el autobús. Muchos fuimos a Culebra, desde distintos rincones del planeta, mucho aprendimos e intercambiamos, muchísimo recibimos, y aunque no todos pudimos compartir todo, nos llevamos grabado en el corazón a unas gentes y una lucha justa y digna. ¡Viva la resistencia insurgente!
Anuska
