
Érase una vez, hacia un lugar de la selva Lacandona llamado Culebra, se dirigía una caravana llena de güeritos. Dicha caravana estaba llena de curiosidad, ilusión, incertidumbre y, como no, transportaba propósitos, propuestas y buena voluntad.
La llegada no pudo ser más majestuosa. De un impresionante eclipse de sol colgaba el elegante y colorido mural de Taniperla a pocas pinceladas de ser finalizado.
Esa orgía de figuras y colores nos invitó a participar con y de él. Y ahí empezó todo.
Podíamos disfrutar de innumerables placeres a nuestro alrededor: lo excitante de la grandiosa selva verde; el alboroto y los juegos de los niños en plena libertad; la sincera sonrisa de las mujeres; los relatos que nos hacía Gloria sobre la destrucción del primer mural de Taniperla que hacía asomar alguna lagrimilla que otra y que ponía el pelo de punta a cualquiera; las tortitas de maíz y los frijoles; los partidos de baloncesto en los que los pies de más de una parecían arder; la exposición de fotos de la biblioteca que te acercaba a otros lugares del mundo; la orquesta con su “cacerola” y su “como quieres que te quiera” ; las celebraciones en las que el himno zapatista hacía eco en los corazones; el continuo aprendizaje de unos y de otros y el compartir experiencias; la humildad; la preciosa escuela invitándote a entrar; la valentía; la coherencia; el optimismo a la hora de relativizar cualquier problema; los baños en el río deseando encontrar algún lagarto exótico que nunca aparecía; el buen humor de Pancho; la honestidad e integridad de sus gentes; el miedo...; la alegría de comprobar que otro mundo es posible; la tristeza de ver que todo tienen en contra; la esperanza de que, aún así, nadie se rinde y paso a paso se crece y se consigue; la energía que recibes cuando decides que los sueños se pueden hacer realidad y que allí la realidad es tu sueño.
Y la caravana partió hacia sus países, sus ciudades y sus pueblos, pero sólo físicamente, porque su espíritu siempre se quedó allí.
Teníais razón. Una vez que vas, nunca regresas.
Silvia
